Ursula Le Guin, Kimetto y la jerga de los corredores

En la novela de Úrsula Le Guin llamada “El nombre del mundo es Bosque” los terrestres esclavizaban un mundo de homínidos  chiquitos, deforestaban su planeta y acometían una serie de atrocidades. Los esclavos salían corriendo a ejecutar sus tareas bajo el mantra “ya voy, rápido-volando…”. Las imágenes del keniata Kimetto rompiendo bajo la puerta de Brandemburgo el record de las 2 horas 3 minutos me devolvió al recuerdo de ese libro, y a la pregunta acerca de qué tan difícil es bajar las dos horas?

La respuesta está en varios Exceles y libros, pero parece que llegaremos en unos diez años a ese momento donde se alineen los vectores del siguiente modo:

  • Haya un pack de atletas de elite marchando en Berlin o Rotterdam (carreras muy planas) en un día sin viento, con unos diez grados.
  • Todos ellos estén físicamente en un día excepcional, el día de la carrera de sus vidas.
  • Todos ellos estén convencidos de que se puede correr durane dos horas algo por debajo de los 3min/km, pues la última barrera es mental.
  • De este pack, que hará fuerza durante unos 35 km, sobresaldrá uno que se despegará del pack y hará el record.

Ese día veremos un “1″ en el cartel del lado de las horas, y será un momento emocionante para quienes nos gusta correr marathones y sabemos lo difícil que es. Pero qué pasa con quienes ni siquiera imaginan al marathon? A ellos les queda la recursividad o y la jerga.

Recursividad: visualicemos una pista de atletismo de 400 metros. Supongamos que podemos hacer cada vuelta a la increíble velocidad de 70 segundos. Repitamos esto 110 veces. Voila! Eso es batir un record olímpico de marathon. Los puristas y los físicos me dirán que doblar las curvas requiere un esfuerzo adicional al de correr en rectas. Por supuesto, tienen razón.

Para quienes no logran visualizar esto, queda el recurso de la jerga. Es muy molesto cuando se encuentran dos corredores en una fiesta, comienzan a hablar y nadie los entiende. La siguiente es una aproximación a la jerga de corredores para superar este bache cultural entre sedentarios y nómades.

  • LSD: entrenamiento “long slow distance”, corrida larga y lenta -en comparación con el ritmo de carrera- que es esencial para educar al cuerpo a economizar energía y llegar bien en las carreras de 21 y 42 km.
  • Intervalo o repetición: segmentos a alta velocidad en pista, seguidos de trote lento par recuperarse.
  • Fartlek: entrenamiento nórdico que combina estilos, piques, trote suave, curvas, y cuestas, para recuperar y jugar con todas las formas posibles del running.
  • Paso: una cierta velocidad característica. “Voy a 5″ significa que se recorre un kilómetro en 5 minutos. Esto es una velocidad decente, intermedia entre la elite del marathon que va a unos 20 km/h, y los que llegan últimos, que tambalean a 7 km/h.
  • Pacer: corredor que lleva un paso constante, guiando a un grupo hacia un objetivo. Hay pacers para la elite y los hay para carreras multitudinarias, donde corren “sobrando” y muy seguros de sus tiemps.
  • DNF: “did not finish”, una manera elegante de decir que no se pudo terminar una marathon, un oprobio en ciertos ámbitos.
  • PR o PB: “personal record”, mejor marca que hemos hecho para una dada distancia.
  • Carboload: ingesta de pastas en los días anteriores a la carrera. Uno de los momentos más gratos en la vida del corredor, pero que ahora está científicamente en duda.
  • Corredor Chapita: corredor obsesivo para quien la vida es todo eso que ocurre cuando no se está corriendo o planificando una corrida”. En El Km existe un inventario completo sobre este síndrome.
  • Corredor Quemado: no existe la vida más allá del correr. No piensa en otra cosa.
  • RICE: “rest, ice, compression and elevation”, una suma de remedios caseros ante afecciones musculares que evita la ida al médico.
  • Pared (“bonk”) límite de cansancio total y sensaciones negativas que ocurre cuando el cuerpo se queda sin glucosa, usualmente en las cercanías del km30 de una marathon.
  • “Barefoot”: tendencia a correr descalzo. Hecho glam protagonizado en Buenos Aires por un oscuro economista de Di Tella con alguna prensa.
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Los videos cortos: el nuevo interés de Netflix

Diapositiva1Una visión muy rápida de los últimos cambios en la industria de los medios y de las telecomunicaciones arrojaría el siguiente resultado: todo lo que da ingresos debe ser móvil, todo lo que suena a nuevo se centra en buen contenido.

La siguiente pregunta es: qué hay en la intersección de ambas tendencias? El repentino interés de Netflix acerca de los videos cortos (menores a cinco minutos) se sitúa en ese lugar preciso, tras conocerse el resultado de ciertos tests satisfactorios a usuarios descriptos en un reciente artículo de Gigaom (thx Lili Beriro por la referencia).

Antes de 2012 Hollywood pensaba que un “short form” era apenas la adaptación de un contenido ya producido. El ejemplo clásico era la síntesis de series de los ’70s. Sin embargo las Telcos móviles no estaban interesadas: la “usabilidad” no era buena y el producto parecía viejo.  Pero hubo cambios: entre 2011 y 2012 hubo mejores plataformas de VOD, creció la difusión del concepto VOD en LATAM, y Netflix despegó fuera de Estados Unidos. En 2013 y 2014 proliferaron los esquemas de UGC (contenido generado por el usuario, Vine y similares inundando redes sociales). Ahora la sensación es que el “short form” vuelve gracias a mayores pantallas, mejores baterías y más segmentos de usuarios dispuestos a ver videos en un contexto móvil. Mi opinión personal: el móvil es un “preview” del contenido principal donde la gran pantalla sigue triunfando.

Falta algo: dar equilibrio a la forma de cobrar este servicio. Un modelo “flat” sería perjudicial para la red, y un modelo demasiado agresivo de pago por tiempo espantaría a los usuarios. Veremos qué depara el 2015 en algo que seguramente crecerá: videos de calidad y de corta duración en el móvil.

 

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Muerte en las canchitas de Ocampo

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La noche en el partido de fútbol 5 de Ocampo venía difícil. Los equipos habían sido armados de apuro, y en veinte minutos estábamos perdiendo 4 a 0. Todos los ataques nuestros: palos o rechazos. Todos los ataques de ellos, goles. A veces es así.

Justo después del cuarto gol, desde la cancha de al lado se acercó el arquero a pedir a los gritos un médico. Había alguien tendido en el piso, inmóvil, con un círculo de jugadores alrededor. Entendí que era algo serio y salí corriendo al gimnasio de enfrente. Tal vez allí tuvieran un médico o se pudiera avisar al SAME. Las canchas están encajonadas entre Barrio Parque y las vías del tren: no es un lugar accesible, pero el Fernández tampoco está tan lejos. Pasaron un par de minutos.

Volví a las canchas y estaban tratando de reanimar al accidentado. Seguía el círculo alrededor del hombre, decían que no respiraba. El silencio y la inmovilidad se iba extendiendo al resto de las canchas. Éramos espectadores, como casi siempre somos en la vida. Pero en la cancha más lejana seguía rodando la pelota, como si la onda del mal presagio llegara allí muy atenuada, incapaz de modular comportamientos.

Me quedé un rato sentado en el césped, elongando sobre esas malditas pelotitas de goma que ponen para que no te patines pero que destruyen la ropa: divorcios fundados en objetos que  destrozan lavarropas, males cotidianos, pequeñas miserias. Qué sustancias o qué esfuerzos detienen un corazón y producen un mal irreversible? No lo sabemos. El tipo tirado aún sin respirar era la prueba de ello. Me acerqué a mis amigos, que contra un arco teorizaban en voz baja sobre defribiladores, masajes cardíacos y muertes súbitas en maratones.

Llegó el SAME en diez minutos y se llevaron al tipo. Jugamos un poco más, queríamos pensar que la cosa había tenido arreglo. Pasaron unas horas. Hoy leo en el diario que no fue así, que no hubo arreglo. El tipo se llamaba Horacio Mazza. El WhatsApp del grupo fútbol hizo el resto, la parca pasó de nuevo como mensajitos, renovando entre nosotros ese lazo gregario e inútil de la consolación ante la tragedia ajena. Los “carpe diem” tienen esto: siempre llegan tarde. Ahora llueve. Me quedé pensando que una muerte jugando al fútbol con amigos no es tan mala. A veces es así.

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El compositor y su instrumento

Como se ve en este spot de hace pocos meses, el compositor y conductor de orquesta Esa-Pekka Salonen usa un iPad para crear música a cada momento. Su meta es hacer llegar música clásica a una audiencia más vasta. Su método, como se ve, aprovecha los momentos libres y va desde lo más ecléctico (papelitos con ideas) hasta el uso del iPad.

El spot me atrapó por un motivo tal vez secundario. Tendemos a sobrevalorar la “chispa” de creatividad, ese momento incendiario que define la innovación. Cuánto más importante es crear el ambiente para que tal chispa se produzca: y esto a veces sucede mediante un dispositivo, una app o una rutina determinada. A veces la innovación sucede “en los bordes” como dice Joi Ito, de un modo oculto, y no se necesita del glamour musical, el “gadget”, o la escenografía glamorosa que acompaña esta publicidad.

PD gracias Mariano Suarez Battan por el input. Totalmente de acuerdo con la sugerencia de “reemplacemos papelitos por Mural.ly” para brainstorming e investigación. Raro que Esa-Pekka no lo haya tenido en cuenta.

 

 

 

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Escritura continua, Kate Upton y Jennifer Lawrence

La lectura como acto privado y silencioso es más reciente de lo que pensamos: data del Medioevo. Lo que pemitió esto fueron los signos de puntuación. Antes todo era “scripto continua” y -aunque resulte increíble- lectura en voz alta. Imaginemos que la lectura era un acto público de increíble presión donde el lector memorizaba el texto y era avisado por un instructor sobre dónde convenían las pausas. Pensemos que el sentido sólo podía emerger gracias a una correcta lectura en contados casos. Quienes pusieron orden y permitieron la lectura como acto individual y silencioso fueron unos monjes en Irlanda, guiados por la necesidad de abaratar códices, acelerar réplicas y mantener el sentido en las sucesivas copias. Lo cual nos da una idea de un proceso tecnológico que requería mejoras. Una paradoja: mil años después, las direcciones de Internet -complicadas, apretadas, larguísimas- recogen sin saberlo esta suerte de legado de escritura de corrido.

Tras el escandalete de las fotos de “celebs” como Kate Upton y Jennifer Lawrence se habla de privacidad como algo nuevo, pero qué es? Es el derecho de las personas a ese espacio íntimo y reservado donde no entran ni las instituciones ni otras personas. La privacidad es es el verdadero lujo en la esta época en que es usual compartir en FB el score de Candy Crush con nuestro gerente de HHRR -esto suena raro, pero ocurre-. En el blog hay viejos acercamientos al tema: referencias a PRISM y Snowden, a Danah Boyd y su cruzada por que el individuo sepa configurar con acierto su red social, un intento por entender la identidad aumentada -gran tema, aún en pañales-, y el Big Data de Facebook aplicado a las relaciones de pareja. Pero ahora surgen las fotos en 4Chan, se echa leña al fuego con el deslinde de responsabilidades de Apple, surgen suspicacias. Todo esto alienta una revisión del asunto de la privacidad en los siguientes cuatro ejes.

  • No estoy tan seguro de que el pudor -dentro del contexto más amplio de la privacidad- sea un valor en alza. Las encuestas sugieren que cada vez más se envían fotos de desnudos personales, en particular entre adolescentes, según sugiere un estudio de  The Verge.
  • El hecho de que una foto “hot” esté en un celular sugiere que esta foto ya pertenece a la Nube y que sólo está a un paso de ser pública. Más aún, borrar una foto no garantiza que ya no esté en la Nube.
  • Ni aún los más techies saben configurar perfectamente sus settings de privacidad. El conocimiento está demasiado distribuido: nuevos smartphones, nuevas apps, nuevas redes y nuevos sistemas operativos. Como simples usuarios podemos solo aspirar a mejorar nuestras passwords.
  • Es ridículo suponer que alguien hackeó las fotos y que se jacta de ello, exponiendo su prestigio. Es más sencillo imaginar que acertar el usuario y password de una de estas cuentas de famosos mediante algoritmos de fuerza bruta y algún conocimiento extra que responda las preguntas de seguridad de rigor.

Creo que los aspectos más interesantes de la vida -al menos de su faceta técnica- surgen de la interacción entre la cultura y la tecnología. Que lentamente florezca la lectura en silencio entre monjes o que tengamos acceso a la imagen del cuerpo desnudo de una estrella no son hechos tan distintos. Ambos suponen romper el “aquí y ahora”: el libro es una teletransportación a la cabeza de otra persona, una foto “hot” es conocer íntimamente a quien jamás le veríamos la cara. La tecnología cambia las circunstancias. El consejo final dista de ser monástico: “si no saben configurar su smartphone, no se saquen fotos desnudos”.

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Vórtice de tiempo en calle Humboldt

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En ese borde entre Villa Crespo y Chacarita las cuadras caen a pique, como si un gigante la hubiera emprendido a hachazos contra la ciudad. Las calles corren entre las manzanas como hendiduras, y entre ellas sopla hoy el viento que parece de épocas ancestrales. Hace un frío increíble. Ocurren varios milagros a la vez: en una cortada cercana a Humboldt encuentro lugar para estacionar, no aparece nadie, veo un Peugeot 404 descapotable, y hay silencio. Todo eso, y algo más. En una casa un anciano me mira por la ventana y baja la persiana, como si yo fuera el recién llegado desde que aquel gigante delimitó la manzana. Estoy a veinte metros de la vía y parece que suena un tren a lo lejos. Existen cielos del color de las ganas de nevar? El cielo de hoy merecería ese color.

Todavía no me atrevo a dejar el auto, es temprano. La radio sigue encendida pero apenas escucho, las voces agregan algunos ergios del calor al recinto mortuorio del auto. Ya me imagino cruzando la vía por Loyola hacia los lofts de Darwin, donde está la oficina. No espero mucho de esta reunión, no me siento bien, algo pasa. Abro la puerta y salgo del auto, me animo al ridículo del gorro y los guantes.

Camino por Humboldt paralelo a la vía. La cuadra parece la misma de hace un siglo, cuando se erigieron los muros de estas casas calcadas hasta el infinito. El tiempo hizo crecer nudos en el tronco de los árboles que flanquean la vereda. Nudos como vórtices, me digo. Los árboles se inclinan sobre las casas; parecen guardianes y amenaza a la vez.

Quiero capturar el momento. Aún con la pobre cámara del celular, la foto no está mal. Tras el clic, nada afecta el silencio y el milagro persiste. Sigo mirando los nudos de los árboles, nadie pasa, y ya ni llega el ruido del tránsito, detenido tal vez en la barrera de Juan B. Justo. Una película, un milagro, caerá nieve? Toco apenas la corteza del árbol para permitir que fluya el tiempo.  Tal vez la reunión no sea tan terrible.

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El email es la cucaracha de Internet

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Debo avisar algo importante al mismo tiempo a gente de distinta jerarquía en distintos países que hablan distintos idiomas. No recurro mensajería, a llamadas, a Facebook, a Twitter. Lo que hago supuestamente es un anacronismo: repito lo que hubiera hecho hace treinta años en un cuartito de la universidad. Recurro al email. Escribo un párrafo corto en Inglés, otro en Español. Incluyo mis datos de contacto, una pequeña aclaración y un link respaldatorio. Listo. Sólo queda controlar la ejecución a lo largo del tiempo.

Hoy todos conocemos lo que es un email. Como se ve en el aviso, hace treinta años era más complejo, la descripción era “enviar cartas a la velocidad de la luz”.  El email es mucho más que eso: es la cucaracha de Internet, ha sobrevivido a todo. Es ecuánime. Permite que la simple letra revele situaciones complejas. No se presta a interpretaciones. No es invasivo, no es imperativo, no requiere lectura inmediata. Pero exige algo a cambio, la “moneda laboral” del compromiso. Exige enterarse y obrar en consecuencia. Significa evidencia en un entorno laboral (“pero si te mandé un mail…”). Es frío, sí, pero permite el balance de una introducción descriptiva (un párrafo inicial de tres líneas) y una explicación posterior más abundante. Permite adjuntos leíbles en cualquier plataforma. Y repito: no invade, no es una llamada, no es un mensaje de WhatsApp. Algo más? Es gratis. Algo malo? El spam. Pero es controlable.

El email también un arte. Revela faltas de ortografía y de coherencia en la mayoría de las personas. Permite cierto vuelo: aún en situaciones complejas admite ironías o jugar con la situación. Aceptado, el email es un descriptor, no es la ejecución misma. “No manden tantos mails, resuelvan las cosas !” gimen algunos CEOs. Son los mismos CEOs que no leen los mails y que tienden a reemplazar texto por tareas con Capsule o con Asana- de paso, el CEO de Asana lleva agua para su molino diciendo que el mail es improductivo-. Confunden la virtud del email -la descripción en precio y tiempo casi cero de un modo descentralizado- con exigir la resolución -el problema personal de estos CEOs que no bajan de su altar-. En las antípodas, recuerdo un CEO muy combativo que gastaba a sus vendedores via mail: “Estamos presupuestando mal. No todos los cliente son iguales. Parece que creemos que son altos, rubios y viven en Recoleta, pero algunos son morochos e hinchas de Dock Sud”.

El email es poderoso. Otorga identidad y estilo. La mera apertura de algunos correos, pequeñas obras maestras de la síntesis, aún me conmueve. Qué más? Fue símbolo de prestigio, eran nerds los que pagaban por un dominio “Well”, tuvieron su fama los tempraneros del “Gmail”. Hoy no es creíble una propuesta comercial que tiene “typos” o que proviene de un dominio que no es propio. Admitámoslo, tampoco es útil hoy infoxicar con adjuntos existiendo Dropbox o Google Drive.

El email es una nuestra forma primaria de comunicación laboral, la mejor cosa en Internet según The Atlantic, nuestra identidad para conseguir un cliente y nuestra forma de vincularnos con mucha gente a la vez. Ha superado con creces el desafío del entorno móvil. Sólo le resta ser aceptado por la Generación Z que aún prefiere una comunicación más efímera y volcánica. WhatsApp? Snapchat? Por favor, déjenme en mi caverna con esa vieja cucaracha del cretácico de la comunicación, creo que no necesito más.

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Las “confesiones de Comcast”

En sus famosas “Confesiones” Rousseau se embarcaba en un estilo literario nuevo: referir absolutamente todo lo que le había ocurrido en su vida, incluyendo detalles íntimos de su infancia, sexualidad, amores, errores y relación con sus colegas filósofos del siglo XVIII.

La prestigiosa revista The Verge, desde el título “Why the cable guy is always late“, se embarca en una obra similar y monumental: desenmascarar a Comcast, el mayor operador de cable de Estados Unidos. Con la minucia de Rousseau, The Verge entrevista a una centena de técnicos y callcenteros de Comcast y trata de explicar lo inexplicable, lo ambigüedad que tantos hemos sentido al trabajar en Operadores: de qué sirve prometer y ganar nuevos clientes, si por ineficiencia muchos más clientes (viejos y nuevos) abandonarán el barco en poco tiempo?

A este fenómeno –que aún se mira con cierta ingenuidad- se lo llama “churn”. Es un cociente que se toma mes a mes entre la cantidad de “bajas” –notar la similitud militar- con la cantidad total de clientes. De acuerdo al momento de la Telco, sobre todo en época de vacas flacas, el churn es la métrica o KPI de moda. En telefonía fija en LATAM este valor es del 2%, en móvil entre el 3 y el 4%, y en TV puede ser mayor -dependiendo de madurez del servicio, cantidad de operadores en competencia y de la regulación-.

Mi experiencia personal: cuando me enteraba de falencias en productos de banda ancha a mi cargo obtenía esta respuesta gerencial: “somos una máquina de hacer chorizos, no trabajamos para resolver casos particulares”. A la distancia y con toda la objetividad de la que soy capaz, la razón subyacente era una de las siguientes:

  • En el diseño del procedimiento, el producto (una línea fija o móvil, Internet, TV) no cubre todas las alternativas. El planning fue pobre, no hubo control o recursos para hacerlo bien.
  • La venta es inapropiada (en la jerga, es una “mala venta”). No hay posibilidad técnica, física o comercial de proveer el servicio. Pero se vende igual para “cubrir la cuota”, para ganarle a otros canales o para “mejorar” el número de altas.
  • Falla la postventa: no se puede gestionar, no se tienen los datos del ciente, no se puede enviar un técnico, no es posible agendar una visita.

Entonces? Es una guerra, estamos de acuerdo. Hay que tomar una colina, hay que blindarse contra la amenaza del Cable, hay que ganar market-share… son distintas situaciones, por todos conocidas. El pensamiento de corto plazo le termina ganando al de largo plazo, y esto es dramático. Paradójicamente la gente que usualmente asciende en los Operadores es quien propicia esta “guerra” desde Ventas o Marketing, y no quien cuida al cliente. El personal propio, de tantos años, sufre un desgaste innecesario. Con menos altas y menos bajas se tiene la misma planta neta gastando menos Capex en Red y menos Opex en publicidad.

En fin, veamos algunas de las “confesiones” de empleados de Comcast:

  • “Tuvimos cinco semanas de curso, y no te miento, de esto cuatro semanas fueron sobre cuestiones comerciales. No aprendimos nada de reparaciones hasta que faltaban dos días. Y acordate, somos del servicio técnico.”
  • “El equipamiento está bien pero se lo recicla mucho. Los chicos del almacén se convierten en detectives, se dan cuenta que un modem roto aparece dos días después como reparado, y todos sabemos que no es así.”
  • “Francamente, muchos de estos técnicos que vienen del contratista (terceras partes en las que se delega exceso de trabajo) son tenebrosos. No los dejaría entrar en mi propia casa. Les digo a todos que cuando agenden un laburo, que pidan “solo técnicos de Comcast”.
  • “Es ridículo que un técnico trate de llamar a una cierta casa de cliente, cuando el pedido de reparación se debe a que el teléfono de esa casa no funciona.”
  • “Podemos dar un crédito de 20 $ si el técnico no aparece o si llega muy tarde, sólo si el cliente lo pide. Pero dimos tantos que este año este crédito sólo lo puede otorgar nuestra gerencia.”
  • “Cuando empecé, se supone que debías saber, ser técnico o algo así. Tenía un 100% de reparaciones exitosas. La gente me pedía por mi nombre. El CEO me encargaba cosas. Luego vino Jeff Cooper que quiso que fuéramos técnicos vendedores. Todo lo que fuera know-how técnico… desapareció. Me fui a la mierda, yo no quiero ser un vendedor.”
  • “Si no tenemos las herramientas para reparar, emitimos un ticket. Hay montones de gente que emiten tickets incluso antes de intentar reparar. Si el problema es de Video On Demand (VOD), abren el ticket enseguida. Le decimos al cliente que se arregla en 3 días. La verdad, ni miramos los tickets de VOD.”

La influencia de las Confesiones de Rousseau –en tanto entendemos que las experiencias de la niñez afectan la sexualidad- inciden en la obra de Freud y otros,  y llegan hasta nuestros días. Me pregunto cuál será la influencia de este enorme Manifesto de The Verge sobre Comcast. Al menos a mí me hizo recordar viejas épocas.

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Neuromante, el nuevo clásico

“El ciberespacio. Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos…Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja…

Neuromante es el nuevo clásico. Escrito por William Gibson hace 30 años, la edición que tengo en mi biblioteca es una de las últimas gemas de Minotauro: tapa dura y una traducción impecable, que permite que el párrafo anterior sea fluido aún en Español. Veamos sino esta contundente sentencia: “En una era de belleza asequible, la fealdad tenía algo de heráldico”.

Volvamos. Gibson en su primera novela de jovencito, anticipó perfectamente el ciberespacio. Leí “Neuromante” en 1997, dos años después de Internet comercial en Argentina. Me costó, me fascinó. Recuerdo las visiones de bloques antivirus como “hielo”, bares de mutantes  a lo Blade Runner, húmedos puertos Japoneses donde se cocinaba el mejor ciberespacio y una Europa arruinada. Recuerdo haber sentido que Gibson estaba hablando de algo muy distinto a lo que me daban los proveedores de Internet de entonces, en la época inmediatamente posterior a las BBS de pantallas negras.

Ampliemos el zoom. En el arte todos lo copiaron a Gibson. Todos. Los hermanos Wachowski con su Matrix, la Lisbeth de Larsson es la Molly de Gibson, el héroe Case se “conecta” físicamente al ciberespacio tal como se intenta en laboratorios. Las redes sociales son una estúpida simulación de esto. Gibson ayudó a entender lo que sería Internet y creó una estética sucia y desapasionada, sin esperanzas, luego reciclada hasta el hartazgo.

Concedamos que este presente no es el futuro de Neuromante. Los hackers traspasan barreras, sí, pero el viejo orden predomina. La realidad virtual no está plenamente resuelta. El hacker es visto como un nerd gordo y antisocial, pero no es este genial ángel caído de Case, dañado por drogas rivales y que “aún soñaba con el ciberespacio, la esperanza desvaneciéndose cada noche. Toda la cocaína que tomaba  (…) y aún veía la Matriz durante el sueño, brillantes reticulados de lógica desplegándose sobre aquel incoloro vacío (…) ahora él no era operador ni vaquero del ciberespacio.” En la desesperación de Case hay vestigios de la autodestrucción atemporal de Kerouac,  Fante y Bukowski.

Qué más? Hablemos en términos de producto. El simstim al que se conecta Case es lo que Facebook quisiera hacer con Oculus Rift si todos los vectores estuvieran alineados. Hablemos del éxito: Gibson ganó el Grand Slam de los títulos nobiliarios de sci-fi (premios Hugo, Nébula, Dick). Hablemos sobre la vigencia: Snowden parece un personaje gibsoniano, y posteriores novelas de Gibson anticipan ciber terrorismo y neutralidad de redes. Pero hay algo más: Gibson pone la semilla del hilo conductor de este blog, y es que los cambios culturales ahora los produce la tecnología. Niños apretando el botón del ascensor con el pulgar, continua atención dispersa, gente infoxicada en sus laburos, la capacidad de vincular conceptos como hipervínculos, sentir escasísimo compromiso laboral. Todos, de algún modo, somos parte de la herencia del Neuromante que Gibson convirtió en clásico hace treinta años.

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Start-up dating en Buenos Aires

Diapositiva1La moda entrepreneur en Buenos Aires tiene una nueva vertiente, la del Start-up Dating. Aquí entreprenuers y mentores comparten experiencias en un lapso acotado de tiempo. Hace un par de semanas, justamente,  fui invitado a una de estas reuniones; dejo aquí  una rápida lista de impresiones al respecto.

  • Voy subiendo las escaleras del lugar elegido (Carnal, un bar en pleno Palermo Niceto) y me pregunto si no me habré equivocado de sitio. La planta baja está oscura y casi vacía. Pero el evento es escaleras arriba, y allí cambia el ambiente.
  • Aún es temprano pero ya se produce esa pequeña aglomeración de propios y extraños típica de los eventos en Buenos Aires donde hay partes iguales de espontaneidad e improvisación. Logro pasar y me ponen el cartelito de “Mentor”.
  • Qué es ser mentor? Qué se puede hacer en ocho minutos -el plazo de cada “cita”? Poca cosa: escuchar y dar algún consejo aventurado a un “startupero” elegido al azar, en rondas sucesivas. Seguro que no hay tiempo para discutir hipótesis de planes de negocio, pero sí para captar si el tipo entiende de su negocio y comunica bien la idea.
  • Hay una notoria división de aguas: los mentores ya están preparados, sentados, e increíblemente son mayoría. Los startuperos llegan en masa sobre el inicio del evento. Voy en busca de una cerveza; es un ambiente bastante informal.
  • Me la encuentro a Natalia Tamayo, me explica en persona la mecánica del evento, que ya se anticipaba desde la web. Miro hacia el fondo del salón: hay fotógrafos, poca luz, y algo de música. Mi lugar está al fondo, “encerrado” entre otros dos mentores. De pronto suena una vuvuzela, o algo semejante. Es la señal de largada. Comienza el ciclo de presentaciones.
  • Se acercan los startuperos como quien busca pareja en un baile, mirando con atención a los mentores, como si pudieran decodificar por su aspecto cual les será útil. Se forman parejas que duran ocho minutos de diálogo, y que se rompen al son de la nueva vuvuzela.
  • Me toca en suerte todo el espectro posible de startuperos: hay quien no sabe qué hace, quien no sabe quién es, y quien está desanimado. Pero también hay pequeños milagros, como los de uno que ya tiene el producto, la idea y la sensibilidad,  y otro que ya tiene algún cliente afuera. En ambos casos no me necesitan más que para algún detalle marginal.  Uno me hace una demo de una interesante aplicación de música. Le sugiero que se tome ya el avión a Berkeley.
  • Pasa casi una hora con ese ritmo. Escucho, pregunto, doy algunos consejos, muestro algunas curvas en la Mac. Es notable, mucha gente emprende pero no sabe hacer -o explicar- un plan de negocios. En los últimos cinco minutos quedo sin startapero a la vista, y hablo con la gente de La Canoa. Creo que sin quererlo me he puesto yo mismo en el rol de startupero y les explico mi proyecto. Todo va terminando. Algunos se quedan, tal vez por otra cerveza. Suena la vuvuzela final.

Me quedé pensando en tres consejos o sugerencias para la próxima vez:

  1. Para el evento hay cuestiones de forma a mejorar: asegurar más startuperos, ofrecer más espacio a los mentores,  subir la luz y bajar la música. Y que todos traigan tarjetas personales!
  2. Para start-ups, pensar en este “Maslow” de necesidades: como mínimo saber definir en una línea qué hacen / quién es su cliente final / en qué es diferente / de dónde vienen los ingresos (al menos estimación PxQ, precio por cantidad) / saber de crecimientos lineales o virales / cual es la “estrategia de salida” / saber explicar los costos
  3. Más ambicioso: sería bueno hacer subir a una start-up para que debata estos puntos en el frente con un mentor. Sería un training para ellos y para el resto. Testear las  hipótesis de cualquier negocio, o explicar un BP en detalle, responder a una “cuenta de almacenero”… es lo que va a hacer, en definitiva, ante gente más agresiva o con menos tiempo, en el “momento de la verdad” en que pidan inversión.
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